Al momento de la entrevista, el escritor se encuentra “revisando mis novelas anteriores porque toda mi obra está por salir en Seix Barral, en una colección que tiene mi nombre. Salen en julio: Crímenes imperceptibles y Los crímenes de Alicia; luego Infierno Grande y después Yo también tuve una novia bisexual, La mujer del maestro y, en el año próximo, el resto de mis libros. Así que lo que estoy haciendo en estos meses es corregir erratas para una edición en España que aparece ahora de Crimen dialéctico y revisar también e incluir algunos postfacios”.

-En Un crimen dialéctico, el concepto filosófico de libre albedrío atraviesa la novela y se transforma casi en una marca de estilo el hecho de darle siempre una vuelta de tuerca al policial o al enigma.

-No es mi propósito central, sino más bien cómo entrelazar la reflexión psicológica y encarnarla en un contexto dramático en cada caso. Entonces, creo yo que lo que parece un poco salido del molde policial tiene que ver con esa preocupación. No es algo que yo me proponga innovar por la innovación en sí, me parece que hay una frase de Borges sobre el género policial que es muy acertada, que dice que el género vive de la delicada infracción de sus leyes. Me parece que ese adjetivo es crucial, no es hacer saltar a todas las leyes por el aire, sino pensar de algún modo las leyes con alguna clase de perspectiva nueva, de giro, de tratamiento de los personajes.

-En la novela nos encontramos con esos dos textos al menos: con el policial y con el ensayo filosófico.

-Hay una especie de ensayo por debajo de todo esto, un poco más extenso, que tiene que ver con una larga discusión que tuve no solo con Alberto Rojo, sino con varios otros físicos y en la que intervinieron también mis propios conocimientos de matemática. Es decir, en el mundo de los físicos todo tiende a verse, como en última instancia, constituido por la evolución de átomos, es como la descomposición cartesiana por excelencia ir a los componentes fundamentales y terminan viendo toda la realidad como un juego final de átomos que se mueven de una u otra manera. Esa es una mirada desde la física que también interviene en esta discusión y yo, por otro lado, tengo por mi formación matemática una mirada que podríamos llamarla asociada a los diseños de las inteligencias artificiales a lo Alan Turing, digamos, el ser humano como un organismo que es capaz de avizorar futuros diferentes y correr mentalmente esas bifurcaciones antes de inclinarse por una u otra opción. Esas son las dos visiones que chocan dentro de la novela, aunque no se diga con estos tecnicismos. Ese era como el ensayo que de algún modo estoy escribiendo, que está en borrador, y que quizá publique por separado en algún momento y por otro lado tenía pensada ya gran parte de la trama a partir de un impulso que fue que vi por primera vez representada en escena Las manos sucias (Jean Paul Sartre) en el Teatro San Martín, en una puesta que me gustó mucho y me hizo volver a un texto que yo había leído en la adolescencia, en la época en que estaba involucrado en militancia política de izquierda y que de algún modo bullían estas ideas de lo revolucionario, los sacrificios necesarios, las muertes, la posibilidad de ir a participar en la revolución nicaragüense. Incluso hubo un momento muy tenso en que Estados Unidos estuvo a punto de invadir Nicaragua y había una especie de alistamiento voluntario de internacionalistas. En fin, se dirimían esta clase de cuestiones en ese momento. Esto me hizo volver un poco a esa clase de dilemas y con una idea o una esperanza de que algo de esas reflexiones pudieran todavía resonar en algún sentido para las juventudes actuales, o sea, para que recuerden qué era la juventud.

-En el medio de esos dos textos que construyen la novela también te permitís un recorrido por el norte de nuestro país y para compartir rituales y creencias de los pueblos originarios.

-Es que a mí me interesaba lograr esa especie de coexistencia problemática entre distintas cosmovisiones. Está la cosmovisión religiosa estricta, digamos, de los evangelios; está la política; está la filosófica; está la correspondencia amorosa, que es también otro registro que se trae a través del intercambio de emails, y está esta que corresponde a lo mítico, ¿no? Entonces me gustaba esta idea de que él estuviera en una especie de encrucijada de cosmovisiones, que todas de algún modo piensan sobre la cuestión del libre albedrío o tienen algo para decir sobre la cuestión del libre albedrío.

-Las piezas en Un crimen dialéctico se mueven como en un tablero de ajedrez.

-Yo tenía en mente, por supuesto, la analogía con el juego de ajedrez, que está casi servida cuando se habla de libre albedrío, porque es como uno de los casos extremos donde uno tiene el tiempo suficiente para pensar variantes. Pero me encontré, son estas cosas felices cuando uno escribe una novela, casi por casualidad con la metáfora de William James, que es muy interesante, donde vincula Dios como el jugador experto y los seres humanos como novicios, y está esa diferencia entre la posibilidad de anticipar una cantidad finita de jugadas y la posibilidad de Dios de ver todas las jugadas, las anteriores y las posteriores. En el fondo toda la discusión del libre albedrío respecto de la posibilidad de un Dios omnipotente tiene que ver con la diferencia entre lo finito y lo infinito. Tanto Spinoza como Descartes terminan coincidiendo en que Dios es el que puede ver desde arriba la totalidad infinita a la vez de todas las cadenas causales y podría explicarlo todo. O sea, el por qué el futuro, el devenir y por qué lo que nos parece absurdo tiene algún sentido. Y eso me pareció que es muy interesante, que tiene mucho que ver con los dilemas matemáticos, es decir, ese salto de lo finito a lo infinito está también en la matriz de lo que son los teoremas de Gödel y en una cantidad de cuestiones, dilemas de la matemática… Entonces, esa metáfora de William James fue como un hallazgo feliz mientras escribía la novela y también escucharlo a Sergio Negri cuando hablaba del ajedrez antiguo de los indios, que tenía un dado. Me parecía que se pegaba muy bien con esta idea de los antiguos griegos, de que además de la causalidad, hay un elemento de azar en el universo, y me parece que el ajedrez con un dado representa quizá mejor ese devenir de las leyes del universo.

-Y en este concepto también de tragedia, mencionaste a los griegos, citaste a Shakespeare, y los personajes se permiten ese concepto de anagnórisis.

-Es el personaje que hasta último momento no sabe cómo va a actuar, y al final se vuelve imprevisible para sí mismo.

-De hecho el concepto de lo imprevisible está flotando desde el comienzo.

-Sí, y acá también está el salto. Fíjate que lo previsible es algo finito, ¿no es cierto? Nosotros podemos pensar que puede ocurrir esto o esto y hacer algo así como un plan con una cantidad finita de bifurcaciones, pero lo imprevisible es del orden de lo infinito, de lo innumerable. O sea, lo imprevisible puede ser cualquier hecho fortuito que te intercepte en el medio. Entonces el narrador sabe de algún modo eso y por eso no pretende que su plan sea perfecto. Nunca está la idea de que él pueda estar seguro de que va a funcionar. Eso también me interesaba, que él se entregara al plan porque es la única manera de actuar, la única manera de poder derrotar a sus propias vacilaciones, obedecer a un plan, pero sabe que su plan puede fallar y de hecho falla de la manera más tremenda.

-En la novela también aparece una mirada hasta naif por parte del personaje Katyusha que vincula al comunismo con lo diabólico.

-Eso de algún modo está tomado de lo que fue mi propia adolescencia, que mis compañeros hablaban de los comunistas como si fueran marcianos que están escondidos y que de algún modo lo estaban, ¿no? Entonces, como si hubiera una relación con lo diabólico… había toda una idea de que los comunistas te lavaban el cerebro y los chicos trataban de pensar cómo era que el cerebro te lo ponían un lavarropas. O sea, había una cantidad de mitologías que funcionaban desde las películas. Películas como El candidato de Manchuria, por ejemplo, excelentes películas, pero que tenían esa idea totalmente desarrollada con cierta verosimilitud. Venía el candidato de Manchuria y era un hombre que estaba como hipnotizado por las ideas comunistas y actuaba como un robot. Todo eso de la Guerra Fría de algún modo impactaba en la juventud de esa época previa a los debates electorales del ‘83, mucho más, pienso yo, en un pueblo chiquito.

-Cuando te ponés a hacer ese trabajo de revisión de tus obras, ¿qué encontrás? ¿Te sorprendés?

-A veces sí, a veces logro leerlas como si las hubiera escrito otra persona. Hay fragmentos que recuerdo muy bien, otros que no tanto. A veces detecto algunos fraseos que quizá hubiera corregido un poco actualmente, o algunos vicios personales. Tengo cierta reiteración de adverbios, proliferación diría de adverbios, pero ya estoy a punto de decretar que son parte de mi estilo y que basta de restringirme tanto (risas). En general estoy feliz de que vuelvan a aparecer. Es una colección muy linda, con una especie de idea estética que las unifica. Las tapas son todos cuadros del surrealismo y en general de autores argentinos contemporáneos como Guillermo Roux, Julieta Espósito, Verónica Gómez, Renata Juncadella, Carlos Masoch o Lula Mari, imágenes relativamente extrañas y con una intervención digital que está haciendo el equipo de Planeta, me parece que son tapas originales en ese sentido.

PERFIL

Guillermo Martínez nació en Bahía Blanca, en1962. Se doctoró en Ciencias Matemáticas en la UBA y realizó un posdoctorado en Oxford. En 1982 obtuvo el Premio del Fondo Nacional de las Artes con el libro de cuentos Infierno grande. A su primera novela, Acerca de Roderer, traducida a varios idiomas, la siguieron La mujer del maestro y el ensayo Borges y la matemática. Ganó el Premio Planeta en 2003 con Crímenes imperceptibles, novela de la que se vendió medio millón de ejemplares, fue traducida a 40 idiomas y llevada al cine por Álex de la Iglesia. En 2015 ganó el I Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez con Una felicidad repulsiva. En 2019 ganó el premio Nadal con Los crímenes de Alicia.

Por Flavio Mogetta

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